
Yo era de los que consideraba antes de ayer, que si de citas a ciegas hablamos, una excelente idea sería llevarse a un acompañante. Esta persona, a quien pasare a denominar “sidekick”, serviría sobretodo en el caso de que nuestra cita resulte ser un psicópata (créanme que he estado cerca, para muestra revisen mis primeras entradas). No obstante he cambiado de opinión, pues ayer:
—Si, ¿Quién habla? —pregunte, pues no reconocía la voz al teléfono.
—Es Tom ¿Sabes quien es?
Por supuesto que lo sabía, tengo como dos semanas detrás de él. No podía creer que me estaba llamando, cuando ya casi lo arrojaba a la lista de los “descartados”.
—Ah! Hola —Saludé sin disimular mi sorpresa.
Después del baile de saludos y “que bueno que me llamas” me dice:
—Es que ando por el shopping —un centro comercial—, y quería saber que estabas haciendo a ver si nos vemos. También ando con un amigo.
—Perfecto —respondí yo—, estoy saliendo de mi trabajo, en una hora mas o menos puede que llegue por allá.
Mientras esperaba en la tienda de joyas del centro comercial, veía misteriosos hombres que se acercaban y si no me gustaban, decía para mis adentros: “Por favor Dios que no sea él, que no sea él”. Tenía una idea bastante clara de muchacho. Me sabía de memoria sus fotos de Facebook, sin embargo las imágenes son engañosas, y el nerviosismo nubla tu raciocinio. Finalmente se acerca un par, el cual reconocí apenas cruzaron el pasillo. No lo podía creer. Era mi cita y un ser ridículo con el que estuve pendiente para salir varios meses atrás ¿Se negó a salir conmigo a solas pero si viene de “sidekick”?
Después de superar la impresión y decirle al ridículo algo como esto…:
—¡Yo a ti te conozco!
… Caminamos un rato por el centro comercial, y a los minutos estaba anotando en mi bitácora de las citas una información incuestionable, que había pasado por alto: Las fotos son demasiado engañosas. Si bien mi cita se parecía bastante a sus imágenes; en vivo salía peor parado. Mas bajo de lo que imaginaba, mas ojeroso, con cierta ascendencia árabe, y por que no decirlo, bastante presumido sin tener con que. Su amigo era todo lo contrario, en fotos siempre me pareció lo mas equis (X) del mundo, aunque me prendaba su sonrisa. Mi instinto no fallo. Era bastante alto, de cara bastante tierna y contextura normal. Lo mejor, tal como esperaba, su sonrisa era perfecta. Dientes blancos, como de propaganda de pepsodent. Su no estudiada barba de dos días remataba un excelente conjunto.
Decidimos ir a un café cercano. La plática transcurría amena y entretenida entre los tres, aunque para nuestra mala suerte el servicio estaba pésimo ese día. Tom estaba criticando y alardeando de nuevo, mientras “Sidekick” le replicaba que era muy melindroso. Me encantaba la forma en que me veían cuando yo hablaba. Prestaban mucha atención, como si mis palabras fueran muy sabias, aunque no me dejaban terminar mis oraciones a veces, para interrumpir con otro comentario. Finalmente nos fuimos del café sin poder superar la falta de atención y culminamos en una “calle del hambre” a la cual mi cita, de una forma que me pareció bastante tonta, declaro no haber ido jamás.
No se en que momento, pero el muchacho empezó a molestarme un poco. Criticaba y presumía demasiado, y aunque al principio empecé a tomarlo como un juego, al parecer el hablaba en serio. “Sidekick”, en cambio era todo sencillez. Me odie a mi mismo por desear siempre lo que no esta a mi alcance, y tristemente descubrí que lo que menos me gustaba de mi cita radicaba en que el fondo se parecía demasiado a mí (aunque exteriorizaba su critica en demasía, cosa que yo jamás hago). Las cualidades en común que te hacen chatear por horas en MSN resultan chocantes en la realidad.
Al final deje a ambos en su casa, y al llegar a la mía decidí no conectarme, alistarme para dormir y escribir esto, para despedirme como ya se ha vuelto costumbre, con mi pregunta de las mil lochas: ¿Por qué siempre nos antojamos de lo inalcanzable?








