Hablando de indecisión...

El otro día me sucedió algo muy extraño, mientras me encontraba trabajando recibí una llamada inesperada:
—¿Luis Alberto eres tú?
—No, habla Sandum ¿Quién es?
—Ah, ¿Cómo estás? Es José Manuel.
Aunque la voz me sonaba familiar, no estaba seguro. El pareció interpretar mi silencio, por que a los pocos segundos me replico:
—Nos conocimos el otro día cuando estabas con tus primos, cerca del Sambil, creo…
Aunque no eran mis primos, según recordaba el era de Caracas, y yo tenía mucho trabajo, decidí no colgar:
—Ah, cierto, estoy muy bien ¿Quién te dio mi teléfono?
—Me le dio tu prima…
Rápidamente calcule que lo de llamar a mi primo solo era algo fingido. Traducción: El chico estaba interesado.
Desde esa noche y durante las últimas dos semanas estuvimos conversando por
Finalmente y después de tanto conversar, ambos decidimos que debíamos vernos nuevamente. Escogí que nos veríamos en Caracas, y una vez que todo estuvo arreglado decidí que viajaría este sábado. En la noche y con el encuentro más cerca decidí poner las cosas en orden:
—Sabes, mi abuela me dijo que no voy a poder quedarme en su casa, así que si voy a Caracas será un viaje de ida y vuelta —Le explique.
—Bueno pero yo tenía planes para salir en la noche con unos amigos, además quería presentarte con algunas personas.
Podía sentir como el sujeto se pensaba que al vernos automáticamente tendríamos algo, sin embargo no lo contradije:
—Eso seria fino, pero en ese caso tendríamos que amanecer en la calle.
A mi entender fue bastante notorio que no planeaba quedarme en ninguna parte con él. No obstante:
—Podemos quedarnos en el apartamento de alguno de mis amigos.
—No lo se, no estoy seguro —en realidad estaba aterrado.
—O si te parece muy incomodo, podemos quedarnos en algún sitio por ahí.
De repente me imagine en un motel barato llamado “La arboleda” o algo así con olor a sabanas y mueblería vieja, destapando un condón y siendo victima de alguien a quien prácticamente no conocía.
—Bueno mañana yo me voy temprano, almorzamos por ahí y según se den las cosas, vemos.
No iba a dar mi brazo así de fácil, verlo sin tragos encima, sin cámaras pixeladas de por medio, y con la energía de un buen almuerzo, me daría suficientes motivos para decidir si el único sombrero que empacaría sería usado.
—Bueno mañana yo voy a estar libre desde las 12.
No entendía, se suponía que íbamos a pasar juntos todo el sábado.
—¿Tienes que trabajar?
—No, pero tengo cosas que hacer aquí en la casa, llevar ropa a la tintorería… Tú sabes.
Sentí que a propósito quería que pasara la noche en Caracas, pero no le dije nada. A la mañana siguiente, luego de una rigurosa “reflexión” en el baño, decidí que no iría. Le llame, invente una excusa que no vale la pena escribir y eso fue todo.
En la noche me llamo. Me encontraba cenando solo en un sitio de la trigaleña. Me contó que se dirigía a Paseo las Mercedes a reunirse con unos amigos, para luego ir a otro lugar. Me arrepentí de mi poca valentía, y trague el último bocado.





